Un místico sufí viajaba una vez...
Y cada noche le daba gracias a la vida: “por todo lo que has hecho por mi y yo no he sido capaz de corresponderte, nunca seré capaz de hacerlo”.
En una ocasión él y sus compañeros de viaje tuvieron que enfrentar tres días difíciles. La gente no les alojaba, se negaban a darles comida. Tenían hambre y sed y tuvieron que dormir en el desierto. En su oración nocturna el místico le decía a la vida: “estoy tan agradecido. Has hecho tanto por nosotros y no podemos corresponderte”.
Uno de los discípulos exclamó: “esto es demasiado. Dinos qué ha hecho la vida por nosotros en estos tres días”. El anciano sonrió y dijo: “tu todavía no te has dado cuenta todo lo que la vida nos ha dado. Estos tres días han sido tan significativos para mí. Tenía sed, tenía hambre, no teníamos abrigo, fuimos rechazados, nos arrojaron piedras. Mientras tanto yo estuve observando en el interior de mi mismo. No tuve ira. Por lo que tengo que agradecerle a la existencia”.
“En estos tres días se me han revelado tantas cosas que habrían permanecido ocultas si se nos hubiera ofrecido alimento, abrigo, si no nos hubieran arrojado piedras. Y tu me preguntas por qué le doy gracias a la vida?
Hasta moribundo le daré las gracias porque aun ante la muerte sé que la existencia me va a revelar misterios como me los ha estado revelando en la vida, porque la muerte no es su fin, sino su punto culminante”.
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Sólo aceptando nuestra realidad podemos sacar lo mejor de ella para seguir aprendiendo. Si el camino se nos presenta estrecho, peligroso y hasta demasiado largo recordemos que Dios nos pone sobre los hombros el peso justo y necesario que debemos cargar. No luchen, aquí no hay enemigos ni nada que perder, no lo eviten, no se acobarden ni desanimen, simplemente agradezcan y cárguenlo sabiendo que si lo hacen es porque deberán dejarlo muy pronto. Solo si así sucede, entonces, jamás deberán volver a cargarlo.
Soy Pablo, soy en ti…
Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras que sabes de sobra como termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño para que te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas los ojitos.
Un día nuestro Buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos, pero un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. Estaba rodeaba por completo por una especie de valla pequeña de madera lustrada, y una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.
Quizás la clave sea recuperar la frescura de un niño que sueña con tocar las estrellas, ellos no sienten tristeza ni decepción al tumbarse de cara al cielo a contemplarlas desde lejos, cada destello de luz por más pequeño que sea a sus ojos, retumba en el fondo de su corazón iluminando el deseo, reavivando el entusiasmo. Entonces, su felicidad es pura y enorme, porque para ellos, aún estando a millones de kilómetros...todo es posible.
Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes 
El planeta tierra es una escuela. Es una escuela muy difícil porque tiene mucha materia y poco espíritu. Nosotros los humanos venimos para aprender a manejar el cuerpo y las cosas que se tocan.